lunes 6/12/21

Mi amigo Carlos Casares

MANUEL DOBAÑO La repentina muerte de mi amigo Carlos Casares Mouriño, acontecida en Vigo el 9 de marzo de 2002, me...
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MANUEL DOBAÑO

La repentina muerte de mi amigo Carlos Casares Mouriño, acontecida en Vigo el 9 de marzo de 2002, me sumió en una profunda tristeza. La última vez que nos habíamos visto fue en Barcelona, un par de años antes. Recuerdo que, desde el hotel en el que se alojaba, me llamó para invitarme a la magnífica charla que impartió, en el majestuoso marco del Saló de Cent del Ayuntamiento de Barcelona, sobre la figura del intelectual galleguista, Manuel Murguía.

Por teléfono, convenimos que, al acabar el acto, nos iríamos a cenar a alguna parte, para hablar a modiño de esas pequeñas y grandes cosas que los amigos, que han sabido superar el abismo del tiempo y de la distancia, tienen necesidad de hablar de vez en cuando, más que nada, para recordar que un día fuimos jóvenes y soñadores.

Lo de la cena entre amigos, al final, se fue al garete por imposición de los organizadores del evento. Con un apretado abrazo, que entonces no intuía que sería el último, me despedí de mi amigo del alma. Dicen las crónicas que a Carlos Casares le falló el corazón, ese músculo vital que ya de joven le palpitaba más de la cuenta cuando jugábamos al fútbol.

Son muchos los recuerdos que se agolpan en la memoria. De cuando en la academia en la que estudiábamos el bachillerato empecé a sentarme a su lado para que me echara una mano en las traducciones de latín y griego, materias en las que Casares era un alumno aventajado. De cuando ambos hacíamos un programa de radio en Xinzo de Limia, la villa orensana que alumbró nuestras vidas. De nuestras interminables conversaciones, casi siempre impregnadas de lluvia. De cuando en 1959 nos hicimos las fotos aquellas en el entroido y con motivo de la presentación oficial de la peña barcelonista Antela. Y de tantas y tantas historias compartidas…

En su obra,  Xoguetes pra un tempo prohibido (Premio de la Crítica-1976), Casares me dedicó las siguientes líneas: Para Manolo, este libro no que están non poucas das nosas longas conversas cando eramos rapaces. Unha aperta’. El falso Conde de Leyenda -un auténtico pícaro y estafador profesional, que se coló en mi boda-, recitó con destreza un hermoso poema que, para la ocasión, me remitió Casares, versos que intentaré rescatar del interior del baúl de la desmemoria (1). Sobre esta y otras correrías, solía escribir Carlos Casares en su columna de La Voz de Galicia.

En este periódico, mi amigo relataba (11-02-2000): Ese Manolo Dobaño do que falei onte aquí, que organizou comigo a Federación de Estudiantes Republicanos, unha entidade que non pasou de ter máis afiliados que os dous membros fundadores, foi un dos meus grandes amigos da adolescencia. La escritora Carme Riera, me confesó en su día que sentía un gran aprecio por su también amigo CarlitosCasares. Sin duda, todos los que tuvimos el privilegio de conocerlo y apreciarlo, lo recordaremos siempre.

(1) Al final, se obra el milagro y encuentro lo que buscaba. Más que un sobre, es una reliquia, que contiene una hermosa carta, fechada en mayo de 1968, y un bello poemario medieval. Con la ayuda de una lupa, consigo descifrar la minúscula letra de Casares: Nuestra amistad, pese al tiempo y la distancia y pese también a mi silencio epistolar, no se ha borrado: es la misma de entonces, guarda toda su pureza. En la cantiga de lembranzas pro o meu amigo Manolo Dobaño, Casares recupera los versos de Paio G. Chariño (1225-1295): Era a nosa Limia longa/fror dunha amistade fonda/I o tempo a devalar.

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