viernes 30/10/20

Galegos no mundo

MANUEL DOBAÑO PELÁEZ

En 1996 tuve el privilegio de pisar por primera vez tierras americanas. Fue con motivo de la celebración de un congreso organizado por la Asociación Catalana de Periodistas Especializados en Turismo (ACPETUR) que, por aquellas fechas, se celebró en La Habana. En la capital caribeña ejerció de anfitrión Osmany Cienfuegos, hermano del mítico Camilo Cienfuegos y que, a la sazón, ejercía de ministro de Turismo del gobierno cubano. De aquel evento, recuerdo que el ‘compañero’ Osmany no paraba de repetir la cantinela de “ustedes los gallegos”, hasta que, en el transcurso de una distendida sobremesa, con ‘Cohiba’ de por medio, me atreví a advertirle que la mayoría de los congresistas eran catalanes y que el único gallego del grupo era un servidor. Fue entonces cuando el ministro me relató la anécdota, atribuida al comandante Fidel, de que “lo mejor que dejaron acá los gallegos fueron las mulatas…”

En enero de 2003, viajé por primera vez a Argentina y, en la Patagonia, descubrí emocionado un granítico monumento dedicado a los emigrantes gallegos que, en condiciones penosas, recalaron hace unos cuantos lustros en aquellas inhóspitas y lejanas latitudes. En El Calafate, provincia de Santa Cruz, pernotamos en la Hostería ‘Las Sinfonías’, a orillas del lago Argentino y no muy lejos de la suntuosa residencia de los Kirchner. En tierras argentinas siempre me he sentido como en mi patria gallega. De mi estancia en EE.UU., la verdad es que no encontré demasiados vestigios de la presencia gallega en aquellos contornos, más allá de la leyenda que asegura que, cuando los americanos alunizaron en el satélite de la Tierra, allá se encontraron con un afilador, tal como unos años después insinuaban los componentes del grupo ‘Zapato Veloz’ en su memorable ‘pandeirada’ sideral ‘Hay un gallego en la luna’.

Lo más normal, sin embargo, es que no sea necesario atravesar océanos, ni viajar oníricamente a través del espacio, para toparme con gente de la tierra que me vio nacer. No hace mucho, tuve el placer de ‘descubrir’ a una encantadora paisana, de abierta sonrisa, cuya familia vive en Xinzo de Limia. Su nombre es María Jesús Álvarez Rodríguez y regenta una farmacia en El Prat. Siempre que tengo que retirar algún medicamento, aprovechamos para ‘falar en galego’, igual que, años atrás, hacía con la pobre Ana Kiro cuando iba a repostar carburante a la gasolinera ‘K-11 Dobaño’. Unos meses antes de la muerte de la cantante, tuvimos ocasión de rememorar esta circunstancia en el programa ‘Luar’ de la TVG.

Más recientemente, sucedió que mi amigo Rafa Soto, camarero del restaurante ‘Sinfonía’, del hotel’ Ciutat del Prat’ (nada que ver con ‘Las Sinfonías’ de El Calafate), me confesó alborozado que, a pesar de su procedencia de las Alpujarras granadinas, se acababa de enterar de que su apellido, en realidad, es una derivación del galaico Souto. A mi presunto paisano Rafa, le comenté que en el Parque Nacional de Sierra Nevada tuve la oportunidad de descubrir en su día más de una huella gallega, sobre todo, cuando, camino de Trevélez, conocí la existencia de la localidad de Pampaneira, situada en pleno barranco de Poqueira, y también de Capileira, nombres de claras connotaciones galaicas. En Trevélez, degustamos truchas y jamón y, para completar el ágape, más jamón y truchas.

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