miércoles 8/12/21
MANUEL DOBAÑO

Cuando, de muy rapaz, escuchaba a mis padres falar galego, me imaginaba que ésta era la única lengua que se hablaba en el mundo, hasta que mi familia recaló en tierras catalanas. Fue entonces cuando me percaté de que, máis alá da raia do mito do fogar de Breogán, (más allá de la frontera del mito del hogar de Breogán), mis ocasionales amiguitos catalanes -en su mayoría, fills de pagesos-, se expresaban en una llengua diferent, tan culta y antigua como los textos que hace siglos inspiraron las célebres Cantigas de Santa María, la magna obra que impulsó Alfonso X El Sabio,  filmada con letra, música e imágenes de profunda raigambre galaica.

Tras este efímero itinerario, que conformó el devenir de mi infancia, mi familia se trasladó a la provincia de Segovia. En Aldealengua de Pedraza fui a la escuela y el maestro don Ángel me enseñó a leer y escribir en castellano, que era el único y obligatorio idioma que imponía el régimen de aquel gallego bajito que antes mandaba tanto. Sin ningún atisbo de duda, quisiera remarcar que el castellano es una lengua hermosa y en constante expansión, aunque absolutamente hegemónica, frente a los otros tres idiomas minoritarios que constitucionalmente también se hablan en el Estado Español, y que -en manifiesta inferioridad -, luchan por una difícil supervivencia.

Una vez cimentada mi mentalidad trilingüe, regresé a mi villa natal (Xinzo de Limia), donde proseguí con mi formación docente en la escuela de don Fausto y luego en la academia Santa Mariña, a la sazón, dirigida por don Ricardo y, más tarde, por don Ángel. Justo, fueron dos lustros imborrables (1950-1960) de esa entrañable edad en la que se transita de la niñez a la adolescencia, un viaje inevitable de esa encrucijada  vital en la que suele aflorar los granitos en la cara y os amoriños primeiros (los primeros amores).

En aquel tiempo, me traumatizó bastante el desasosiego que llegaron a padecer los alumnos que procedían de las aldeas cercanas y que no conocían outra lingua que a da gran Rosalía(otra lengua que la de la gran Rosalía). Eran los hermanos Fontarigo, oriundos de la parroquia de Faramontaos, los que se llevaban la peor parte en clase y los que acumulaban un mayor número de reprimendas, porque, ¡claro!, ellos no sabían hablar en cristiano. Su rupestre padre -que también estaba pelexado co castelán (peleado con el castellano)-, intuía que a sus hijos no les había ido mal en los exámenes, siempre que éstos mostraban “as orellas guichas” (las orejas erguidas)…

Tras el definitivo retorno a Cataluña (1960), me casé, tuve dos hijos y tres nietos. Hace algunos meses, recibí una llamada en mi teléfono móvil. Eran mis nietos, Judith y Samuel, de 6 y 4 años -de vacaciones en A Coruña-, quienes a coro me saludaron con un candoroso y efusivo: ¡Eu falo galego! (¡yo hablo gallego!). Ya, en catalán, me explicaron que habían subido a la Torre de Hércules y que Galicia era molt bonica. Mi otro nieto, Tiago, de 2 años, ya me entiende cuando le advierto de que el chocolate le ensucia los fociños (los hocicos).

Unos años atrás, en Cáceres, tuve la oportunidad de participar en el I Encuentro Iberoamericano de entidades adscritas a la UNESCO, con motivo del 50 aniversario de la entrada de España en este organismo internacional. En el transcurso de un debate sobre las lenguas minoritarias, se habló del peligro de desaparición de las lenguas indígenas. Desde mi condición de amante y practicante de tres lenguas románicas -que no indígenas-, aproveché la ocasión que se me brindaba para expresar mi sorpresa por la polémica suscitada por algunos representantes de América Latina que no entendían demasiado el eterno conflicto lingüístico existente en España.

Fue entonces, cuando me permití la licencia de explicar que la controversia de las lenguas en nuestro país, suele emerger siempre que los políticos intentan pervertir la cuestión y deciden utilizar una materia tan sensible como arma arrojadiza (2). Y para rematar la discusión, dejé caer la siguiente elocución: ¡No permitáis que, un día de estos, descansen en paz los idiomas en permanente peligro de extinción! Como conclusión final, pienso que, durante demasiado tiempo, los de siempre se han esforzado en su vano empeño de convertirnos en analfabetos de nuestra lengua propia, y lo explico en castellano para que todo el mundo me entienda.

(1) La UNESCO ha advertido del serio peligro de desaparición de 3.000 lenguas en este siglo.

(2) El reciente decreto de la Xunta, que limita la enseñanza del gallego, ha abierto una brecha entre mis paisanos.

Comentarios